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martes, 21 de enero de 2014

Experiencia de Dios



La “experiencia de Dios” no se identifica con la “experiencia religiosa”. Se puede tener la segunda, sin tener la primera.  La religiosidad es el cumplimiento de unas obligaciones religiosas; y en ese sentido, todos los pueblos de la antigüedad, incluso los más primitivos, han vivido esa religiosidad; todos han sido “religiosos” de alguna manera. La palabra “religión”, de la que procede religiosidad, viene del verbo latino “religare”.





 El hombre se siente ligado a Dios por un  conjunto de lazos dogmáticos, disciplinarios y salvíficos que unen al hombre con Dios, un ser superior y poderoso, al que hay que satisfacer de alguna manera, bien sea con sacrificios y ofrendas o bien con actos de culto , a poder ser fastuosos. Pertenece al orden del entendimiento y del sentimiento, pero no al experiencial. Si damos por asumido que el cristianismo no es una religión, sino un estilo de vida, concluiremos que “lo religioso” no es necesariamente cristiano, aunque puede predisponer  y facilitar la vivencia cristiana. En otras ocasiones, también lo puede dificultar, si no se pasa del mero sentimiento y mero conocimiento, a la propia experiencia de Dios.

Es muy conocida la expresión del gran teólogo Karl Rahner: “el cristiano del futuro será un místico, o no será nada”. Y el Papa Benedicto XVI en la catequesis de una de  las Audiencias Generales de los miércoles, aseguró que sin oración no hay experiencia de Dios“.  Pero ¿qué queremos decir cuando hablamos de “experiencia de Dios”?

La palara “experiencia” proviene del verbo latino “experiri”, que significa comprobar, saber por uno mismo y no por otros;  es una forma de conocimiento o habilidad derivados de la observación, de la vivencia de un acontecimiento,  o proveniente de las cosas que suceden en la vida. Según eso, diríamos que “experiencia de Dios” equivaldría a conocer a Dios (en la medida de lo posible) a través de vivencias como el perdón, el consuelo, la paz, el sentirse amado, saberse seguro junto a él, poder confiar contra toda esperanza humana, etc… Es decir, descubrir vivencialmente lo que es Dios para ti, pero no por un conocimiento de definiciones, dogmas o estudio. No se trata de un conocimiento científico, sino de un conocimiento empírico. En la experiencia de Dios, se da un movimiento de arriba abajo (Dios toma la iniciativa), mientras que en la religiosidad es el hombre el que trata de ascender hasta Dios, para complacerle.

Decía el Papa que “sin oración no hay experiencia de Dios”. La razón es que la oración nos lleva a la intimidad, al encuentro profundo y sincero con Dios. En la oración valoramos, también, la acción amorosa de Dios. Decía San Agustín que “Dios está más íntimo a  ti, que tú mismo”. Y ese Dios tan íntimo a uno mismo se le descubre, fundamentalmente, en la oración, y se llega a tener una experiencia de Él, de su ser y de su hacer. Y uno puede llegar al conocimiento de Dios por sus propios datos, sus vivencias, su experiencia, no ya por un tratado de teología ni por una catequesis sobre Dios (aunque esto también puede ayudar).

Todos los santos han tenido experiencia de Dios, porque han orado mucho. Yo creo que lo que Rahner decía sobre la necesidad de ser “místicos” para ser cristianos, iba en esa dirección. Hay una gran diferencia entre el que habla por experiencia, y el que habla “de libro”. Es muy diferente lo que te comunica alguien que ha vivido experiencialmente un acontecimiento (alegre o triste) y el que te lo cuenta de “oídas”. En este último caso es una mera trasmisión de conocimientos, mientras que en el primero, es la vivencia personal (o colectiva) la que actúa.

Creo que la inmensa mayoría de los cristianos, hoy día, carecen de esa “experiencia de Dios”, y su fe se alimenta de conocimientos (por cierto bien escasos, generalmente). Unas relaciones con Dios, desde ese aspecto,  deja  mucho que desear, y nunca serán gratificantes. Pero no nos engañemos; llegar a esa experiencia divina es gratuita, pero no fácil.
                                 


jueves, 16 de enero de 2014

El profeta que no murió


Todos admiraban su fe, incluso Jesús, tanto que lo citaba como ejemplo (Mateo 11.10-14) al hablar de Juan el Bautista. Otros, no sabiendo aun que Jesús era el Mesías, lo comparaban a él.
Pero, ¿quién era “él”?
Su nombre era Elías.
Era el “profeta de los profetas”. Vivía  exclusivamente para servir a Dios. En Su nombre, resucitó un niño (1 Reyes 17.17-24). Multiplicó aceite y harina (1 Reyes 17.8-16). Predijo el comienzo y el fin de una gran sequía (1 Reyes 17.1). El perverso rey Acabe lo cazó. Huyendo de él, Elías fue alimentado por cuervos que le llevaban pan y carne por orden Divina (1 Reyes 17.1-7). Desafió a los profetas del falso dios Baal en el Monte Carmelo (1 Reyes 18). Fue alimentado por ángeles en una larga caminada de 40 días (1 Reyes 19). Estos son solo algunos de los muchos hechos de un profeta que no da nombre a ningún libro bíblico, pero era reconocido por todas las generaciones.
Muchos de su época lo comparaban a Moisés. Y tenían la razón, pues Elías, así como su antecesor, que guió a los hebreos rumbo a la Tierra Prometida, luchaba constantemente contra la idolatría a los falsos dioses y mostraba que el poder pertenecía solamente al Dios Único.
El propio Señor Jesús, por ocasión de la Transfiguración en el Monte Hermon, fue visto conversando con Moisés y Elías.
Elías, bajo el poder de Dios, realizaba milagros. Su intimidad con Dios, una de las mayores de la Historia, le permitía esto.
Los días de Elías no fueron fáciles, él vivió bajo reinos de tiranía, idólatras y pérfidos. Israel se curvó ante el paganismo por causa del rey Acabe, que se casó con la maligna Jezabel, que pidió la cabeza de los profetas de Dios.
Elías luchaba contra el pecado en un periodo de crisis económica, social, moral y espiritual. Llegó a sentir una total falta de esperanza. Por dejarse guiar por los sentimientos y no por la certeza de que Dios era con él, se debilitó y entró en depresión. Pareciera el fin, quiso morirse (1 Reyes 19.4). Solo que Dios le mandó comida y agua por las manos de un ángel. Su encuentro con Dios en una cueva, en Horeb (1 Reyes 19.12), le hizo darse cuente que el Señor nunca lo abandonara, y él se reanimó.
Milagros en medio a desafíos. Bendiciones en medio a crisis. Paz en medio al caos. Llevó a las personas a Dios en una de las épocas más difíciles. Sacó a muchos de la esclavitud espiritual de la religiosidad. Pero, lo más sorprendente estaba por venir.
Elías no murió.
Cuando tenía por cierto que su papel en la tierra acababa, designó Eliseo como su sucesor, pidiendo a Dios que capacitara a su pupilo. Cuando la sucesión se realizó, un carro de fuego y caballos de fuego descendieron del cielo y, en un torbellino, Elías fue llevado al cielo. (2 Reyes 2.9-11).
Vivió exclusivamente para que no mirasen a él, sino que vieran la gloria de Dios en él. Mostró al pueblo que, aun con la abundancia de pecado, la gracia del Señor podía alcanzar a los pecadores que se arrepintiesen e que tuviesen temor de Él.
Un profeta al cual los propios profetas admiraban, tamaña era su sintonía con Dios. Un profeta que debemos seguir como ejemplo.

viernes, 3 de enero de 2014

Después de 20 años, la profecía se cumplió


Apreciado obispo Macedo:
Es con mucha alegría que me dirijo a usted para agradecerle y para relatarle un testimonio de fe.
Hace algunos años, tuve la oportunidad de trabajar a su lado durante dos años en EEUU.
En esa época, mi padre todavía no era ni siquiera simpatizante de la iglesia ni, principalmente, de usted… En realidad, ¡lo odiaba!
En mis tiempos como obrera eso causó muchos problemas en mi vida, como por ejemplo a los 16 años cuando me convertí, y él me expulsó de casa por el hecho de ser de la Universal. Siempre estudié en colegios privados, lo tenía todo, sin embargo, una vez más su odio hacia la iglesia lo provocó al punto de sacarme del colegio en el que había estudiado toda la vida, para ponerme en un colegio público. Todo eso por causa de mi fe.
Él me decía: “Puedes ser una prostituta, ¡pero lo que no admito es que vayas a esa iglesia! Si vas, te echo de casa, ¡quiero ver a ese Dios librándote de mis manos!
Y así lo hizo, ¡me echó de casa!
Fui a vivir de favor durante un año a la casa de la persona que me llevó a la iglesia. Era una humillación muy grande vivir de favor, sabiendo que lo tenía todo en casa, siempre que negara mi fe.
Algún tiempo después, mi madre tuvo un tumor en el cerebro y tenía que ser operada, pero yo sabía que si eso sucedía, ella no iba a quedar normal. Por eso, yo no aceptaba esa situación.
Nadie en mi familia aceptaba mi conversión en la Universal, estaba sola, sola con Jesús. Algunos años después logré un buen empleo de azafata en una empresa reconocida, y el hecho de ir a la iglesia era un absurdo para mi familia, por ser una familia de militares, pilotos y aeronáuticos, principalmente para mi padre, que llegó al punto de llamar al psicólogo a casa para ver si yo era “normal”.
Pero claro que no estaba mal, era mi fe en Dios la que prevalecía, ¡era en Él que yo tenía la certeza de mi victoria!
Sin embargo, aún no había sucedido lo peor…
Cuando decidí hacer la obra de Dios en el Altar, fue cuando mi padre manifestó realmente.
Encontré al hombre que Dios preparó para mí, el que hoy es mi esposo, y entonces sí que viví una lucha sin precedentes. Él fue a la iglesia varias veces para golpear al pastor, y lo golpeó. Intentó romper la moto de mi esposo, casi llegó a matarme disparándome con un arma… ¿Y cuando me vio barriendo la iglesia?
Ah, ¡entonces sí que fue un problema!
Y decía: “Nunca hiciste nada en casa, siempre lo tuviste todo, y ahora estás barriendo esa iglesia de Edir Macedo?” Obispo, disculpe estas palabras, me dolían, pero eran las que él pronunciaba. Demostraba un profundo odio hacia usted.
Obispo, si contara realmente todo lo que sucedió, alcanzaría para escribir un libro.
Pero, ¿por qué relaté todo esto?
Porque en estos días él partió. Y yo obtuve una de las mayores victorias, después de casi 20 años de oración, ayunos y sacrificios. La profecía se cumplió. Yo tenía la certeza de que el diablo no se iba a llevar esa alma.
Y así fue… Lamentablemente él conoció a Jesús en un lecho de dolor, la carne perece, pero lo más importante es su alma, es la Salvación.
En una oportunidad, mi esposo tuvo la felicidad de bautizarlo en las aguas.
bautizandosehospital
Incluso manifestó un cariño hacia usted en sus últimos días, jeje.
Sé que usted no necesita elogios, pero es muy fuerte lo que sucedió, ¡cómo cambia una persona cuando encuentra a Jesús! Es impresionante la grandeza de Dios.
Hoy mi madre está curada del tumor, fue sanada en la iglesia, sin necesidad de la intervención quirúrgica. ¡Aleluya!
Es una mujer completamente convertida, libre de los vicios y sierva de Dios, mi hermana es fiel a Dios, casada y feliz, gracias también a una orientación que usted le dio en Atlanta.
En fin: ¡Yo y mi casa servimos al Señor!
Obispo: gracias por sus oraciones y por su amor incansable por las almas. Fue ese amor el que salvó a mi padre. Fue ese amor el que me encendió la fe que me impulsó a luchar por él y a sumarme a ese ejército maravilloso que amo tanto, ¡que se llama IGLESIA UNIVERSAL!
Un abrazo obispo. ¡Muchas gracias!
¡Que Dios lo bendiga a usted y a toda su familia!
Bianca Agostini, esposa de pastor.
Cali, Colombia.